LA CARTA PASTORAL DE 1937 Y EL CONGRESO EUCARÍSTICO DE BUDAPEST

La Carta pastoral colectiva de los obispos españoles, (junio 1937) obedeció a una indicación que Franco hizo al cardenal Gomá, indicación que fue obedecida inmediatamente, fervorosamente, por el cardenal.

El propio Gomá lo confesaba y lo hizo constar en la carta particular que cursó a todos los obispos españoles, al enviarles el texto de la pastoral colectiva.

Fijémonos bien en el texto de esta carta particular: "Una indicación que yo había recibido, pocos días antes, del Jefe del Estado..."

Este Jefe del Estado era, no hay que decir, Franco.

Gomá daba el título de "Jefe del Estado" a Franco en junio 1937, es decir, casi dos años antes del triunfo que los moros, alemanes, italianos, etc., etc., dieron a Franco, cuando podía todavía dudarse de este triunfo.

Gomá no dudó en comprometer gravemente a la Iglesia española.

Gomá se jugó el todo por el todo. Un juego de una audacia, de una imprudencia inconcebible, si los españoles no estuviesen ya acostumbrados a esta clase de audacias e imprudencias.

Hagamos un breve análisis de esta carta colectiva.

Ésta tenía por objeto: 1) informar a todos los obispos del mundo sobre lo ocurrido en España y pedirles su apoyo; 2) informar el mundo católico y convencerle del deber sagrado de ponerse al lado de la 11 cruzada" española, es decir, contra la República.

Al cardenal Gomá no le bastaba comprometer a la Iglesia de España. Necesitaba complicar también a la Iglesia de todo el mundo.

Uno no puede menos de preguntarse si Gomá tenía la aprobación de Roma para dar este paso de tan graves consecuencias. Si no tenía esta aprobación, ¿cómo no le fue dada o comunicada una desaprobación del Vaticano?

Inútil decir la emoción que produjo en el mundo católico esta Carta, que firmaron todos los obispos españoles, a excepción de dos: el cardenal Vidal y Barraquer y el doctor Múgica.

Gomá mismo decía en su carta particular a los obispos españoles, con el proyecto de texto de la Pastoral: "Ya comprenderá V.E. que este documento es de una gravedad y de una responsabilidad no pequeñas para el Episcopado español. Yo he dado conocimiento de ella a la Santa Sede".

Lo que no dijo Gomá es si la Santa Sede había aprobado o no este proyecto de texto del documento.

Gomá, a pesar de la gravedad que él reconocía para sí mismo y para sus compañeros de episcopado y, peor aún, para la Iglesia y la religión, pasó adelante, costase lo que costase.

Nada podía ya detener ni hacer retroceder al cardenal Gomá en su carrera peligrosa. Se había comprometido, había dado su palabra al "caudillo" e iría hasta el final de una aventura que sólo Dios sabe lo que ha de costar, en el futuro, a la Iglesia.

Detengámonos a comparar, un momento, este toque estridente de clarín bélico de la Carta pastoral colectiva de 1937, con el tono suave, amable, cristiano, de las dos pastorales colectivas de 1931 y 1933 publicadas bajo la inspiración de Vidal y Barraquer.

Éstas dos fueron firmadas, de mala gana, seguramente, por los obispos españoles. Éstos, sin embargo, se vieron obligados a firmarlas, ya que la iniciativa de Vidal y Barraquer se veía aprobada por Roma.

En cambio, los obispos españoles firmaron, sin duda, con una singular complacencia la Carta de 1937 que venía a contradecir precisamente el espíritu cristiano de las dos precedentes. Hechos posteriores confirman esta suposición.

La Pastoral colectiva de diciembre 1931 decía por ejemplo:

"La Iglesia, custodia de la más cierta y alta noción de la soberanía política (puesto que la hace derivar de Dios, origen y fundamento de toda autoridad), no deja nunca de inculcar el acatamiento y obediencia debidos a los poderes constituidos, incluso en los días en que sus depositarios y representantes abusen de ellos contra la Iglesia. Un buen católico, en razón de la religión misma que profesa, debe ser el mejor de los ciudadanos... Lealmente sometido, dentro de la esfera de su jurisdicción, a la autoridad civil legítimamente establecida, sea la que fuere la forma de gobierno. Con aquella lealtad, pues, que corresponde a un cristiano, los católicos españoles acatarán el poder civil en la forma en que de hecho existe. Y cualesquiera que fueren las aflictivas circunstancias en que veamos sumergida nuestra Iglesia, no temáis, no intentéis ejercer la venganza que corresponde únicamente a Dios. Recordad que la Iglesia vence el mal con el bien, que responde a la iniquidad con la justicia, al ultraje con la mansedumbre, a los malos tratos con beneficios y que, en definitiva, la ciencia cristiana del sufrimiento es también poder de victoria. Cooperar con la propia conducta a la ruina del orden social, con la esperanza de que de tal catástrofe surja una condición de cosas mejor, sería una actitud reprobable que, por sus fatales consecuencias, se reduciría casi traición a la Religión y a la Patria. No es con orgullo sedicioso y violento que los cristianos reparan los males que puedan afligirnos. Es la confianza en la supremacía y en la fecundidad del espíritu, en el poder de la fe y de la caridad activa lo que obtiene, con la ayuda de Dios, la victoria... Jesús no quería que sus discípulos pidiesen fuego del cielo sobre la ciudad que no quería recibirlos".

Esta pastoral distingue entre poder constituido y legislación, y exhorta a los católicos españoles a someterse al primero y combatir la segunda, cuando ésta, la legislación, fuese contraría a los derechos de Dios y de la Iglesia, pero "sin salir nunca de los límites de la lealtad..."

La Pastoral colectiva de 1933, publicada con motivo de la ley de Congregaciones Religiosas, exhorta de nuevo a los católicos a combatir las leyes injustas, pero "manteniéndose siempre, obedientes a la autoridad constituida, sin hacer nunca uso de la violencia".

Fácil es ver el tono profundamente cristiano de estas dos pastorales, en contraste y oposición con la de 1937.

¿Por qué esta diferencia esencial?

Sobre todo siendo el mismo episcopado el firmante de las tres pastorales colectivas.

¿Cómo explicar este cambio de actitud del episcopado?

Estamos seguros de que el cambio fue más aparente que real.

Mientras fue el cardenal Vidal y Barraquer quien presidió este episcopado, en virtud de su actuación de Primado accidental o provisional -por vacante de la sede de Toledo, producida por el cardenal Segura-, la actitud exterior, aparente, del episcopado español tuvo el sentido democrático cristiano que le imprimió el cardenal Vidal y Barraquer.

Pero, desde el momento en que fue primado el cardenal Gomá, las cosas cambiaron, mejor dicho, presentaron su aspecto auténtico, que era combatir la República, aunque fuese por la violencia.

En esto se puede decir que Gomá encontró la unanimidad de todo el episcopado español.

Pero hay algo más a señalar o a recordar.

Ya hemos dicho, en capítulo anterior, la enemistad profunda que separaba a Gomá de Vidal.

No es aventurado creer que Gomá, al suceder, en la primacía a Vidal y Barraquer, tuvo interés en no seguir la línea de conducta y las orientaciones que el arzobispo de Tarragona había marcado en las dos pastorales colectivas que inspiró y redactó.

En todo caso, lo que constituye un hecho innegable es que la Pastoral colectiva de 1937, inspirada y redactada por Gomá, era de un espíritu diametralmente opuesto a las de 1931 y 1933.

El cardenal Vidal y Barraquer no hubiera propuesto nunca una "política" a seguir como la que Gomá propuso a sus compañeros de episcopado.

El cardenal Vidal y Barraquer, con una dignidad y una valentía dignas de aquel Francisco que nosotros conocíamos hacía muchos años, se negó a firmar documentos de guerra.

"Cuando me negué a firmarlo -decía a un amigo nuestro- sabía perfectamente cuáles debían ser las consecuencias de mi negativa y, si ahora me encontrase en un caso semejante, me negaría de nuevo. Aquello era hacer política y mi conciencia no me permitiría firmarlo".

Esto decía Vidal y Barraquer casi en vísperas de su muerte en el destierro, donde falleció víctima del deber que le imponía su conciencia.

Volveremos a hablar de él en el capítulo que le dedicamos.

En la publicación de la Pastoral colectiva de 1937, redactada e inspirada por Gomá, hay una circunstancia agravante que merece ser señalada.

Pocos meses antes de su publicación, es decir, por Navidad de 1936, el episcopado belga había publicado una Pastoral colectiva que hoy se diría una previsión y una condenación previa de la que se preparaba en España. He aquí un extracto:

"Los acontecimientos actuales y las discusiones que suscitan entre católicos, tocan de cerca y pueden perjudicar gravemente los intereses sagrados de los que nosotros somos responsables ante Dios y de su Vicario... Nosotros estamos obligados a manifestar las justas inquietudes que nos inspira la situación confusa de la hora presente... Nosotros evitaremos, sin embargo, tomar una posición de carácter civil o político".

Tras afirmar que había que combatir el comunismo, añadían:

"Pero luchar no quiere decir hacer uso de la violencia. Esto sería lo peor y lo más trágico que pudiera hacerse. En efecto: la violencia incita la violencia y conduce a luchas fratricidas entre ciudadanos de una misma patria con las consecuencias graves que estas luchas acarrean. Sería también la más temeraria de las empresas, ya que ¿cuál sería la salida? La terrible palabra de Cristo "quien mata por la espada perecerá por la espada", ¿no podría de nuevo producirse?"

Los obispos belgas, después de proclamar que cada grupo o partido no puede pretender al monopolio de la acción necesaria, que todos están obligados a obtener el triunfo, proseguían:

"Es, pues, deplorable. Nosotros reprobamos como contrario a los intereses de las almas y al bien común de la Iglesia el hecho de que ciertos católicos trabajen en dividir y destruir estas obras (la Acción Católica y Social) quitándoles su carácter confesional, y esto con una finalidad puramente política. Los que obran de tal manera sepan que contradicen la voluntad formal de la autoridad eclesiástica y que, en consecuencia, cargan su conciencia. "

"Nosotros desaprobamos las tendencias hacia una u otra forma de gobierno autoritario o dictatorial. Nosotros no esperamos nada de bueno para la Iglesia católica de un Estado autoritario que suprimiría nuestros derechos constitucionales, incluso si empezaba por prometernos la libertad religiosa. Queremos el mantenimiento de un régimen de libertad que asegure a todos los ciudadanos el uso de sus libertades y derechos esenciales... Un régimen de libertad supone, evidentemente, el derecho para los ciudadanos de agruparse en partidos políticos. Un Estado sin partidos no puede ser sino un Estado totalitario... Nosotros no podemos sino lamentar el error o la mala fe de gente que deberían saber que ningún partido político puede reclamar el derecho de cumplir una orden de la Iglesia... Pero ¿es que puede dejar de creerse que una dictadura de inspiración católica -ya no hablamos de las otras- no haría más pronto mal que bien, desde el punto de vista religioso, en razón de la hostilidad que provocaría y sobre todo por la violenta reacción que desataría cuando la dictadura desapareciese?"

Estas palabras tan claras y tan graves eran la condenación de la actitud del episcopado español, ya que fueron escritas cuando hacía seis meses solamente que había empezado la guerra en España. Estas palabras juiciosas, sobrias, cristianas, eran un aviso, un consejo, una condenación hecha a los obispos españoles que no les prestaron ninguna clase de atención Su decisión, fatal para España y para la religión, no podía ya detenerse en su camino trágico.

Pocos meses después de esa invitación del episcopado belga, hecha a los obispos españoles, esperando una rectificación de conducta, era publicada la Pastoral colectiva del episcopado español, que significaba un desprecio de los consejos del episcopado belga.

Y, por si esto no bastara, se publicaba un opúsculo, prologado por el cardenal Gomá, con el título, que se diría provocador: El glorioso movimiento redentor de España apoyado por la Jerarquía eclesiástica española.

iEste opúsculo era editado en... Bruselas!

¿Simple coincidencia? ¿Réplica de los obispos españoles a las justas reflexiones de los obispos belgas?

En todo caso, equivalía a una confesión que no dejaba lugar a dudas sobre la identificación del episcopado español con la guerra, a pesar de los argumentos profundamente cristianos de los belgas, súbditos de una monarquía, detalle que merece ser señalado.

Decididamente, el episcopado español no quería oír hablar de rectificación. Su único anhelo era, costase lo que costase, la destrucción de la República española, la entronización de un dictador y la continuación de la "entente cordiale" entre trono y altar, una conjunción, una liga o alianza que la República había venido a romper.

En este anhelo, la unanimidad del episcopado español era perfecta.

El cardenal Gomá no tuvo otro trabajo que presentar al mundo este bloque monolítico que, si en cuestiones religiosas dejaba con frecuencia ver su falta de cohesión entre sus miembros, en materia política era de una solidez tan indiscutible como lamentable.

...Hoy, a los treinta años de publicada aquella Pastoral de 1937, es más fácil comprender su argumentación tendenciosa en pro de una situación que ningún cristiano puede desear ni, menos aún, ayudar a imponer a un pueblo contra su voluntad.

El cardenal Gomá merece el título de campeón de esta "cruzada" de creación personal. Luchó sin tregua para asegurar el éxito de esta empresa tan impropia -por no decir indigna- de un sacerdote y menos aún, de un príncipe de la Iglesia de Cristo.

Sigámosle en una nueva actividad suya.

En mayo de 1938, Gomá asistió al Congreso Eucarístico de Budapest. Si, en plena guerra, Gomá hizo este viaje, fue con la intención de aprovecharlo para hacer propaganda por la causa de la "cruzada".

Los hechos lo demuestran con una triste evidencia.

Conocemos detalles abundantes y fehacientes de la actividad de Gomá en aquel Congreso, en el sentido indicado.

Dicha actividad tuvo su punto culminante en una reunión celebrada el 28 de mayo por la delegación española, junto con todos los congresistas de habla castellana.

El cardenal Gomá fue quien presidió esta reunión.

En la presidencia había una decoración con los colores de la bandera española. La monárquica, claro está, presidiendo Gomá. La bandera roja y gualda servía, pues, de marco a un gran retrato de Franco bajo el cual figuraba esta inscripción, osaríamos decir este inri: "VINCULUM CHARITATIS." O sea, vínculo de amor.

En dicha presidencia había, entre otros, un eclesiástico que se dijo era un representante del Papa en América. En ese Congreso fueron pronunciados discursos por diferentes delegados de la España franquista, del Uruguay, de Chile, de Méjico, que no hicieron más que exaltar la raza española simbolizada por la acción franquista.

Sólo una señorita, Ana María Ratti Aguerre, delegada de la Acción Católica del Uruguay, rindió un homenaje a la Santa Eucaristía, símbolo de paz y amor.

Finalmente habló el cardenal Gomá, que comenzó invitando a la Asamblea a enviar un telegrama de adhesión al general Franco, proposición que provocó algunas protestas, aunque no ruidosas por el respeto que merecía a los asistentes al acto la persona de un príncipe de la Iglesia.

En su discurso, el cardenal Gomá dijo cosas tan increíbles e imprudentes como las siguientes:

"He preguntado al general Franco si la guerra duraría mucho, todavía. Franco me contestó: "No". Efectivamente -continuó Gomá-, precisa que la guerra termine. Pero no que termine con un compromiso, con un arreglo ni una reconciliación. Hay que llevar las hostilidades hasta el extremo y obtener la victoria por la punta de la espada. Que se rindan los "rojos" ya que han sido vencidos. No es posible otra pacificación que la de las armas. Para organizar la paz dentro de una constitución cristiana es indispensable extirpar toda la podredumbre de la legislación laica. Tengo la satisfacción de añadir que, hasta el momento presente, estoy perfectamente de acuerdo con el Gobierno nacionalista, que no da un paso sin consultarme y obedecerme".

Y para que nadie pudiere dudar de la verdad de esta grave afirmación suya, agregó:

"El representante del Ministro de Gracia y Justicia, aquí presente, es testigo de lo que os digo. "La reconciliación de los espíritus no tendrá lugar hasta después de terminada la lucha. Será un problema difícil, ya que la guerra ha causado inevitablemente divisiones profundas entre hermanos, en el seno mismo de las familias. Nos hallamos en una situación de confusión tal, que no sabemos cómo salirnos de ella. En el extranjero no hemos sido comprendidos".

Y Gomá terminó su lamentable discurso con esta truculencia, en todos sentidos inoportuna:

"Se ha dicho que las bocas de todos los que han sido muertos por Franco se abrirán para morder al vencedor. No: son las bocas de los sacerdotes asesinados las que se abrirán para morder a sus asesinos".

Cuesta un esfuerzo admitir la triste realidad de que estas palabras hayan podido ser pronunciadas por la más alta jerarquía eclesiástica española.

Podemos garantizar su autenticidad y fidelidad, ya que nos fueron comunicadas por conducto absolutamente fidedigno.

En distintos momentos de esta reunión se oyeron gritos de "Arriba España" y de "Viva Franco". Los obispos españoles que asistieron a la Asamblea hicieron, una vez más, el saludo fascista.

Terminada esa reunión, de carácter puramente político y no eucarístico, un cierto número de asistentes protestaron de unas manifestaciones que tan mal encajaban con el espíritu de aquel Congreso e incluso con la inscripción que lo presidía, aquel Vinculum Pacis que debía servir de marco a conceptos y actitudes tan abiertamente en contradicción con el sentimiento cristiano que se le había encomendado poner de relieve y proclamar.

Ante las palabras del Primado de España que acabamos de citar: "Franco no hace nada sin consultarme y obedecerme", nos cabe el derecho de preguntar qué interpretación, qué límites, qué extensión hay que darles.

¿Es que a Gomá le fueron consultados el bombardeo de Guernica, por ejemplo, las detenciones, encarcelamientos, condenas y asesinatos de que fueron víctimas los sacerdotes, religiosos y católicos vascos y otros? ¿Es con la venia del cardenal Gomá que estos crímenes fueron cometidos?

Con verdadera congoja un católico se pregunta hasta qué punto el cardenal Gomá reclamó pública y solemnemente una parte o la totalidad de la responsabilidad de estos crímenes.

El cardenal Gomá, con este discurso insensato sume el espíritu cristiano en un mar de tristísimas reflexiones.

Aquí, es inevitable evocar el recuerdo de otro cardenal español -Primado de España también-, monje, que en una ocasión hizo esta frase: "Me place tanto el olor de la pólvora como el del incienso". Este guerrero llevaba el nombre de Cisneros.

Esta frase, Gomá la repitió, a su manera, elevándola, quizá, a un grado superior de insensatez y de impudor.

Una palabra para terminar este capítulo: el legado pontificio de ese Congreso fue el cardenal Pacelli.

¿Qué hado unió a estos dos hombres?